Escenarios imperiales en el Parque Nacional Krka en Croacia

Por Florian Sanktjohanser (dpa) – Cuando llegó el emperador, mucha gente se reunió en las colinas sobre el río Krka. Disparaban al aire con pistolas y gritaban “¡hurra!” una y otra vez. Era el año 1875, Francisco José I dominaba Austria-Hungría y honró a su provincia más pobre, Dalmacia, con su presencia. Para la visita se construyó un púlpito panorámico especial, una barandilla redonda sobre las aguas.

Se dice que el emperador estuvo largo tiempo allí, conmovido por la vista majestuosa. Debajo de él, el río de color verde esmeralda caía por la cascada de Skradin (Skradinski Buk), una barrera natural de travertino de 17 escalones, enmarcada por prados y pinos.

El salto de agua más famoso y bello del Parque Nacional de Krka tiene una altura total de 45,7 metros y, según la cantidad de agua, entre 200 y 400 metros de ancho y 800 metros de largo.

Como escenario es tan espectacular que los creadores de las películas sobre los libros de Karl May rodaron allí escenas para varias de sus aventuras en el Salvaje Oeste. También por eso, desde los años 70, cada vez más turistas visitan el Parque Nacional. El año pasado, en algunos días de verano se contabilizaron hasta 10.000 visitantes.

Un baño peligroso

Solo los Lagos de Plitvice atraen en Croacia más visitantes. Pero en comparación con ellos, el Krka, supuestamente uno de los tres ríos más limpios de Europa, tuvo mucho tiempo una ventaja decisiva: uno se podía bañar en él. En su momento, incluso, los más valientes se atrevían a adentrarse en las cortinas de agua y saltar desde los escalones de travertino hacia la piscina natural. Pero hubo muertos y las cascadas fueron cerradas.

Desde enero de 2021 está totalmente prohibido bañarse allí, en protección de la naturaleza. Y es que el recorrido del Krka entre las ciudades de Knin y Skradin es desde 1985 un Parque Nacional. Dentro de sus fronteras hay siete saltos de agua, viejos molinos y fábricas de tejidos, una isla monasterio y las ruinas de una ciudad militar romana. Los excursionistas solo pueden ver una pequeña parte de ello. Y es que es demasiado para un solo día. Salvo que uno quiera recorrer corriendo esta maravilla de la naturaleza. Lo mejor es tomarse tiempo, como en su momento el emperador.

Sobre un sendero de madera alrededor de las cascadas

El lago de la película “El tesoro del lago de plata” ya casi no se reconoce, aun cuando sus aguas brillan en verde esmeralda como en la pantalla. “Desde que no se tala madera, quedó casi tapado (de vegetación)”, dice la guía Veronika Milin.

El pequeño lago se ubica junto al sendero circular de tablas de madera que rodea la Skradinski Buk. Quien quiera experimentar la cascada sin tanto bullicio de gente, debería visitarla en temporada baja. O en temporada alta estar en el muelle a las 8:00 de la mañana. A esa hora sale la primera embarcación en dirección al Parque Nacional.

Lavadoras de cientos de años

El Krka no siempre fue tan idílico. En su momento, en una orilla había un centro industrial, impulsado por la fuerza de las cascadas. “Nadie quería vivir aquí”, dice Veronika Milin. “Era demasiado ruidoso”.

Milin guía hacia una bóveda de piedra donde está la “lavadora más vieja del mundo”: un estanque en el suelo rocoso, al que se desviaba el agua del río de manera tal que circulaba muy rápidamente. Desde el siglo XVII, las mujeres lavaban aquí sus sábanas y mantas. Las personas de menos recursos, que vivían en casas sin conexión de agua, lavaban su ropa aquí hasta en la década de 1980.

Pero aún más importantes eran las poderosas piedras de molino en otras cabañas de piedra, con las que los campesinos de los alrededores molían sus granos desde la antigüedad. Otros ríos se secan en verano, pero el Krka lleva suficiente agua todo el año como para hacer funcionar los molinos.

Hoy, las cabañas de piedra restauradas del siglo XIII son un museo etnológico. En las escaleras y en plazas adoquinadas hay mujeres jóvenes vestidas con el traje típico de Dalmacia. Si uno pregunta amablemente, se sientan junto al telar, toman el husillo y comienzan a tejer. En las paredes cuelgan coloridas alfombras y bolsas.

La isla de los monjes horticultores

Quien quiera escaparse del bullicio en el corazón del Parque Nacional, se sube a uno de los botes que van a la isla Visovac. El recorrido sobre el lago del mismo nombre es una maravilla y la isla, un oasis de tranquilidad monacal.

En el año 1445 huyeron hasta aquí de las tropas otomanas los primeros franciscanos. En aquel entonces la isla era llamada Lapis Alba, piedra blanca. En realidad, no consistía en mucho más que rocas. Hasta que los monjes fundaron el monasterio y comenzaron a trabajar la tierra y plantar frutas y verduras. Juntaban la lluvia en una cisterna, porque el agua era absorbida por el suelo calcáreo.

Aún hoy crecen tomates, berenjenas y zucchinis en la huerta del monasterio. Los visitantes de la isla pasean entre cipreses y plátanos. Para no perturbar demasiado la calma, solo pueden estar en la isla media hora. Poco tiempo para apreciar todos los tesoros del museo del monasterio.

Un campamento de legionarios como sensación arqueológica

Cuanto más al norte del Parque Nacional se vaya, más tranquilo se vuelve todo. Casi nadie va más allá de Burnum. En el año 2002, los arqueólogos detectaron en imágenes satelitales una elipse de ruinas, rodeada de un pequeño muro, cubierto de arbustos y árboles. El hallazgo sobre el Krka fue una sensación: un anfiteatro romano.

Entre 2003 y 2005, expertos excavaron en la zona. Hoy es el centro de un parque arqueológico con un museo nuevo, que hasta ahora atrae a pocos turistas. Gran parte del yacimiento aún está cubierto de tierra y polvo. Pero desde 2010, un nuevo museo muestra arfectactos hallados en el anfiteatro.

Los historiadores estiman que en Burnum vivieron unos 30.000 romanos. Habían elegido un buen lugar: arriba, muy por encima de la orilla del río, con una amplia vista sobre el barranco y sobre el Manojlovacki Slap, el salto de agua más alto del Krka. Sus escalones tienen en total una altura de 60 metros. Un nuevo camino lleva a un punto panorámico y una placa en la roca recuerda a Francisco José I. El emperador tampoco se privó de la vista fantástica de este lugar.

Informaciones para tener en cuenta: en verano (boreal) hace mucho calor aquí y el Parque suele estar repleto de gente. Además, de junio a septiembre es cuando más caras son las entradas al mismo. Es mejor ir durante la primavera y el otoño europeos. Entre abril y mediados de noviembre hay embarcaciones que van de Skradin hasta el Parque Nacional Krka y el viaje está incluido en el precio de la entrada.

fuente: dpa